A partir de esta edad, las resacas se vuelven muchísimo más duras, según la ciencia

1 marzo, 2026

La resaca y la edad: una relación menos lineal de lo que parece

La intuición dice que, con la edad, la resaca se vuelve insoportable. La ciencia matiza: la percepción y la fisiología no siempre caminan juntas. Estudios de la Universidad de Utrecht y especialistas europeos muestran que el cuerpo cambia con el tiempo, y que el modo en que medimos el malestar del día después no es tan sencillo. Entre los 20 y los 70 años, el terreno se mueve, con dos hitos que reconfiguran la experiencia tras beber alcohol.

Qué sugiere la gran cohorte neerlandesa

Una investigación publicada en 2021 en Alcohol and Alcoholism siguió a 761 bebedores de 18 a 94 años. En una escala de 0 a 10, los de 18-35 años declararon las resacas más intensas, mientras que los de 46-65 reportaron síntomas casi dos veces menos fuertes a consumo equivalente. Los hombres dijeron sufrir más que las mujeres a casi todas las edades, una brecha que desapareció después de los 66 años. Curiosamente, los mayores se sentían menos ebrios con la misma dosis. Esa disonancia entre lo medido y lo sentido abre preguntas sobre tolerancia, hábitos y expectativas.

“Con la edad, el organismo evoluciona: aumentamos de peso y el volumen de agua corporal disminuye; cuanto menor es ese volumen, más rápido y más alto sube la alcoholemia”, explicó Mickael Naassila, profesor de fisiología y presidente de la Société Française d’Alcoologie.

Primer punto de inflexión: mediados de los veinte a la treintena

A partir de los 25-30 años, a igual cantidad, el pico de alcoholemia tiende a ser más alto. Ese cambio altera la sensación de embriaguez y los efectos subjetivos que declaramos. Algunos trabajos, citados por Naassila, observan que con la madurez ciertos efectos percibidos se intensifican, aunque no hay consenso total entre especialistas. En otras palabras, la biología empuja en una dirección, y el relato individual —atravesado por cultura, ritmo de vida y experiencia— puede ir por otra. El resultado es una resaca que a veces se siente peor con menos copas, o mejor con más práctica, aunque el balance real no siempre acompaña esa narrativa.

La mecánica interna: hígado, acetaldehído y sueño

El hígado pierde eficiencia con los años. Las enzimas alcohol y aldehído deshidrogenasa se vuelven más lentas, lo que hace que el acetal­dehído —un compuesto muy tóxico— permanezca más tiempo en la sangre. Ese residuo es clave en el dolor de cabeza, las náuseas y la fatiga. Si el pico de alcoholemia es más alto y el hígado más perezoso, el “día después” se alarga. A esto se suma el sueño: con la edad se fragmenta, hay menos fases profundas y más despertares. El alcohol, que ya de por sí empeora la arquitectura del descanso, redobla ese efecto, de modo que la recuperación es más lenta y la sensación de niebla mental se instala con facilidad.

Después de los 60: por qué pesa más cada copa

Tras los 60, el cuerpo contiene menos agua y el alcohol actúa con mayor poder diurético. La deshidratación llega antes, amplificando sed, cefaleas y cansancio. La inflamación de bajo grado es más frecuente, y los medicamentos habituales (desde antihipertensivos hasta hipnóticos) pueden interactuar con el alcohol, potenciando mareos, somnolencia o hipotensión. En este tramo vital, la severidad de la resaca depende de un conjunto de factores, no solo de la dosis. Como resume Naassila, “cuanto mayor es la alcoholemia, mayores son los efectos del día siguiente; y con la edad somos más sensibles a la deshidratación, al mal sueño, a la hipoglucemia y a los efectos tóxicos del alcohol”.

Señales de que llegó el cambio

  • Te “sube” más rápido con la misma cantidad y tardas más en “bajar” al día siguiente.
  • Duermes de forma más ligera y te despiertas antes, con sensación de agotamiento.
  • Los dolores de cabeza y la sed son más intensos, incluso tras consumos moderados.
  • Notas mayor sensibilidad a mezclas de bebidas o a ciertos fármacos.
  • Necesitas más tiempo para recuperarte, incluso hidratándote y comiendo bien.

Cómo atenuar el golpe sin autoengaños

Para muchos, el cambio se hace visible desde la treintena y se acentúa a partir de los 60, aunque la variabilidad individual es enorme. Conviene ajustar el ritmo y la planificación: espaciar copas con agua, comer antes y durante, priorizar bebidas menos azucaradas y vigilar el total de unidades consumidas. Dormir suficiente —sin “compensar” con más alcohol— ayuda a que la resaca no se cronifique. Si tomas medicación, consulta posibles interacciones. Y recuerda que “tolerar más” no significa dañar menos: la respuesta subjetiva puede engañar al juicio.

En definitiva, la resaca no es una simple cuestión de juventud perdida. Es el resultado de un metabolismo que cambia, de un hígado que procesa más lento, de un sueño más frágil y de hábitos que conviene recalibrar. La evidencia sugiere que el primer giro aparece hacia los 25-30 años, y el segundo, más marcado, después de los 60. Entre medias, la mejor brújula es escuchar al cuerpo, medir el consumo y recordar que el único remedio infalible contra la resaca es beber con más prudencia —o beber menos.

Martín Arancibia

Martín Arancibia

Soy Martín Arancibia, periodista deportivo apasionado por las historias que nacen en el fútbol argentino. Me especializo en crónicas y análisis que buscan ir más allá del resultado. Creo que cada partido es una oportunidad para contar algo que conecte con la gente.