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Señores papis

Gigantes del Aconcagua
20/04/2016
Nota redactada por MendozaGol.
Una historia de vida, una reflexión, una realidad que envuelve a los niños en su proyección futbolística y a los padres, en el mismo sueño.

Antes que nada quiero aclarar que no soy padre, por lo cual, el siguiente texto va del lado mi rol de hijo, algo que sí soy. Soy hijo y también soy fútbolero, condiciones que tienen el 99 por ciento de las personas que visitan la página. De pibe practiqué este deporte increíble, hice inferiores (una escuela maravillosa) y soñé hasta el hartazgo goles imposibles en el silencio de mi habitación a oscuras antes de irme a dormir. En un momento, hasta pensé que iba a ser jugador profesional y que varios nenes iban a tenerme como ídolo colgado en el póster de su cuarto. Pecados de juventud, que le llaman. A veces, uno cuando es chico se distrae y pierde las marcas, y no es consciente de lo lejos que pueden llegar la fantasías sino se le pone límites. Tuve la suerte de que mi padre siempre me acompañó en mis sueños de futbolista (siempre que su trabajo y su vida de ciudadano común se lo permitieron, claro). Yo era realmente feliz al verlo del otro lado del alarmbrado, y ni hablar de nuestro regreso juntos a casa, comentando hasta el hartazgo jugadas de un partido totalmente insignificante para la historia del fútbol mundial. Pero para mí, o para ese pibe que fui, era un momento impagable. Éramos él y yo, y nuestro propio mundo paralelo. Lo que sigue en el relato Se vislumbra desde lejos: yo no llegué a Primera, no viví del fútbol, ni vestí la camiseta de la selección Argentina. Y eso, para aquél que lo soñó de pibe, es terrible, creamé señor lector. Hoy, afortunadamente, trabajo y vivo de mi profesión. Mi padre está orgulloso de eso, me lo ha dicho innumerables veces. Pero yo sé bien que en el fondo, muy en el fondo, él añoraba otro final. Me lo ha dicho su mirada, en alguna nostálgica charla de café. Lamentablemnte no pude cumplirle ese sueño. Yo, ni tantos pibes como yo, quienes seguramente también se sientan en deuda el resto de sus vidas.
Cosas del destino o vaya a saber qué, mi viejo me acerca un mate. Él ni se imagina qué escribo. Gambeteo su pregunta curiosa diciéndole que es un texto sobre Vendimia. Me mira rarísimo y no puedo evitar sonreír. Le agradezco, aunque le sugiero menos azúcar para el próximo. Él entiende a la perfección lo que significa "gracias" en la jerga Del mate, por eso no me alcanza otro. Lo que no sé si sabe es cuánto lo admiro. Quizás algún día tenga el coraje de decírselo, quién sabe. "A menudo, Los hijos se nos parecen", dice Serrat. Ojalá pueda imitarlo si alguna vez tengo uno. Imitarlo en esa capacidad que tuvo de acompañarme siempre, incluso, en la peor de mis derrotas: mi fracaso futbolero.

Por Amadeo Inzirillo

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